Fundación de Valparaíso


Yo fundo esta ciudad a cuatrocientos años de haber sido pisada su playa por el godo,
en el nombre del viento que sale de las rocas
a través de los poros que salen de sus calles estrechas,
como de una mujer de natural sortija
emana el porvenir de sus entrañas
por la matriz de labios cerrados en su angustia.

En el nombre del viento inmarcesible
que toma consistencia en los abiertos párpados
de la marea numerosa,
yo fundo esta ciudad sobre la espuma
y la arena. En el nombre
del viento que me tapa la boca
con la mano visible de su ira
para que no destroce su inocencia al besarla;
yo fundo esta ciudad
en fundamento inconmovible,
con el godo primero, un soplo convertido
en aborigen de la noche.

Ciudad acorazada en roca viva.
Ruge la luz salada contra el cielo
donde todo es espada
en la atmósfera diurna.
Donde hay un cementerio que vuela por la noche
desde el candor de su colina.
Y pasa su cola de fuego por la costa,
como una orquesta apenas perceptible
al poeta que vela su armadura.

II
Los hombres y las hembras resbalan en el fuego
de estas calles que caen al mar. Pierden sus ojos
en la contemplación del remolino aciago.
Porque la gravedad y el magnetismo,
lo óptico y lo acústico
luchan a muerte en su aire de pólvora.
Y el mar, como un martillo,
clava su estilo en los hambrientos túneles
de ascensores que encarnan guillotinas;
jaulas que llevan su carga al infierno.

Las tablas y el cemento participan del mar
y laten en la noche como venas gastadas
por la presión del mundo
que fijó el horizonte
en sus pupilas.
Ojos que abren el saco
de cada tripulante,
y ven en el carbón de su conciencia
como un faro en la trémula neblina.

El mundo desembarca
en esta raya, día y noche. El puente
de las escalas cruje
bajo los pies del mundo
que entra y sale
por la matriz exacta del Pacífico,
en medio de un estruendo
irrespirable por el humo.

También las negras llamas
son parte de ese viejo enajenado. El ronco
fuego muerde
la resina y el yodo
de los techos. La luna
sale a mirar a su rival quemada.
Todo es parte del viento, las bocinas
manchan de sangre el mar con sus agujas.

III
Todo es estrecho y hondo
en este suelo ingrávido. Las flores
crecen sobre cuchillos. Boca abajo en la arena
puede oírse un volcán. Cuando la lluvia
la moja, se despeja.
La incógnita, aparece
una silla fantástica en el cielo,
y allí sentado el dios de los relámpagos
como un monte de nieve envejecido.

Todo es estrecho y hondo. Las personas
no dejan huellas porque el viento
las arroja a su norte y su vacío:
de manera,
que , de improviso,
yo salgo a mi balcón, y ya no veo a nadie.
No veo casas, ni mujeres rubias.
Han desaparecido los jardines.
Todo es arena invulnerable. Todo
era ilusión. No hubo
sobre esta orilla del planeta nadie
antes que el viento.

IV
Oh ciudad:
yo te fundo
en el silencio de la noche marítima
la noche matemática
que dieron tus piedras,
esas mismas que un día caerán
a la noche encendida
debajo de la arena.

Te encontrarán debajo de la arena
tan hermosa, y tan honda
en tu catástrofe, como un perla
engastada en la boca del abismo.
Caerás
caerás desde tu roca
a tu arena primaria,
como una estrella más que vuelve al polvo.

Pero, para fundarte,
necesito tenerte.

Tu fundamento real es mi palabra.
Valle del Paraíso.
Puerto que te evaporas,
y te secas en trágicas espinas
como las mujerzuelas
que sostiene tus pórticos roídos por el sol
a la caída de la tarde.

Cuánta piedra caída.
Cuánta perla sellada.

Oh bahía desnuda:
aguárdame
sedienta
para fundarte.

Ahora,
caeré sobre ti,
como un monstruo supremo más fuerte que el diluvio.

Te morderá mi boca
por los siglos terrestres.


Gonzalo Rojas

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